"Para que en ningún tiempo y en ningún lugar haya un niño que se sienta distinto". José Moyá Trilla. Neurólogo Infantil. Creador del método CEMEDETE

lunes, 5 de septiembre de 2011

El primer revoloteo

Esta que os voy a contar, es una historia real, ¡¡¡¡Y tan real, como que me pasó a mi misma!!!!

Volvía yo caminando hacia mi casa, en un pequeño pueblo de  la sierra Calderona, sobre las cuatro de la mañana.

Regresaba de una fiesta (de esas fiestas de cumpleaños que una nunca olvida) . Yo no andaba muy fina....y de repente veo ante mi a un retaco de 4 años andando solo por la calle y con la maleta colgando.

Me paro y miro, me froto los ojos y vuelvo a mirar, yo no salía de mi asombro.

-                    “¿A donde vas?”
-                    “A mi casa”, me responde él.
-                    “¿Pero sabes llegar a casa?”. Un largo silencio
-                    “Mi mamá se llama Silvia y mi papá Alberto ”
-                    “¿Te ayudo a encontrarlos?”

Como yo no sabía quienes eran sus padres, ni tenia idea alguna de qué hacer, lo llevé al retén de la policía del pueblo a ver si ellos conocían al niño o si tenían constancia de alguna desaparición.

En cuanto los policías vieron al chavalín se echaron a reír



-                    “¡¡¡Si es el hijo de Alberto!!!!” “¿Pero tú que haces aquí?”
-                    “Quiero ir a casa con mi mamá”
-                    “No quiero imaginarme a tu madre, Silvia debe estar muy angustiada. Ahora mismo le llamo para que venga a buscarte”

Eran ya las cuatro y media de la madrugada.

Los padres estaban felizmente dormidos, no se esperaban la noticia.

Aquel policía les iba contando lo sucedido entre carcajadas así que, en un primer momento, pensaron que les estaba gastando una broma. ¿Cómo iba siquiera a imaginarlo?

-                    ¡¡¡Mi niño está durmiendo en casa de mi hermana!!!

Por lo visto, los padres tienen uno de los restaurantes más solicitado del pueblo. Precisamente esa noche servían un banquete. Como iban a acabar tarde, decidieron que el niño pequeño se quedaría en casa de los tíos y así no tendrían que preocuparse de nada.

El niño no quería ir a casa de su tía a dormir, pero sus padres lo dejaron allí. Ella, solícita y amorosa, le preparó la camita, deshizo la maleta y colocó su ropa cuidadosamente en el armario, le preparó la cena, lo acostó, le dio un besito de buenas noches, lo arropó y lo acompañó hasta que se hubo dormido.

Pero nuestro pequeño protagonista quería volver a su casa, con su mamá. Así que esperó a que todo el mundo estuviera dormido. Entonces se hizo la maleta a oscuras y salió de la casa, con mucho cuidado para que nadie lo escuchara.


Aquel día yo aprendí algo que en la carrera y en muchos años de vida profesional todavía no había aprendido.

¡Los niños de cuatro años, estadísticamente correctos, son capaces de elaborar proyectos de ejecución complicada y llevarlos a nivel de conducta!

Primero lo desean, después lo piensan y por último lo ejecutan.

Tal vez mis lectores se pregunten que aprendí de nuevo:

Aprendí que el sentido de la realidad de un niño de cuatro años está suficientemente desarrollado como para construir una conducta factible pero nuestro héroe, todavía no dispone de la madurez necesaria para que “su realidad”  coincida con la “realidad social” de tiempo, espacio y circunstancias en la que va realizar el proyecto de sus deseos, sus pensamientos y su voluntad.

Nuestro pequeño héroe me demostró que podía elaborar la imagen mental de sí mismo y encajarla con la imagen mental de sus deseos y que también era capaz de organizar ambos elementos en forma de conducta pero no era capaz de adaptar esta conducta a las circunstancias del entorno social.

Carolina Ruz
Pedagoga terapéutica

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